Candela Ruggeri y Rodrigo Noya hicieron una publicidad engañosa. No le sirvió a nadie.

Si usted es un fanático de los actores argentinos, ya no necesita hacerse fan de un programa para disfrutarlos. En serio, no es necesario seguirlos día tras día en una telenovela o en una tira costumbrista. Tal vez tenga otras ocupaciones y no disponga del tiempo necesario para sentarse todas las noches, o todas las tardes, frente al televisor para ver la performance de su artista favorito.

Tampoco es justo o imprescindible que usted se inmole frente al aparato todos los miércoles -o martes, o jueves-, entre los once y las doce de la noche para seguir el unitario en el que descuella ese gran protagonista. Porque, seamos sinceros, para verlo un ratito a él tal vez tenga que tragarse un montón de escenas de otros actores que no le gustan tanto. ¿No?

Por eso, lo mejor es ver la tanda. Sí, la publicitaria. Sí, los avisos.

Es que, a vuelo de pájaro, sin repetir y sin soplar, haciendo una somera enumeración, ya son tantas las grandes figuras que están en la tanda que estarían corriendo peligro las ficciones (en televisión, en teatro y hasta en cine).

A ver, el gran actor argentino Ricardo Darín estrena, al menos, tres películas por año. Pero por más dos por uno en las entradas que usted aproveche, el cine cuesta un dineral. Y la verdad que Darín, como el hombre común que lo único que quiere es disfrutar de una cerveza y una porción de muzzarella, está muy bien en papel, los festivos anteojos negros le quedan bárbaro y no tiene nada que envidiarle al oscuro protagonista de Nieve negra.

Lo mismo podemos decir de Guillermo Francella. Seguramente vio una y mil veces las repeticiones de Casados con hijos, al punto que ya se sabe algunos de los chistes de memoria. Y también seguro que algo de miedo le dio en El Clan, en cine, cuando le tocó interpretar a Arquímedes Puccio. Pues bien, en la tanda se puede encontrar a un Francella más liviano, descontracturado, que es tanto capaz de vender productos de limpieza como de depilación.

https://www.youtube.com/watch?v=slJzbkzDGdI

El rubro cremas tiene también grandes intérpretes, más volcados tal vez hacia el humor. Ahí -siempre en los avisos publicitarios- se puede ver al gran Enrique Pinti vendiendo cremas contra la diabetes. También a dos amigas y grandes comediantes, como Griselda Siciliani y Carla Peterson, publicitando cremas hidratantes y/o contra las cicatrices. Tan importante resultó este papel, que hasta llegó a ser interpretado por Mercedes Morán.

Si de estrellas juveniles se trata, Lali Espósito dejó los hábitos de Esperanza mía y los escenarios en los que triunfa como diva pop, para promover las bondades de un shampú. En el intento la ayuda también Marcela Kloosterboer.

El otro protagonista de Nieve negra, Leonardo Sbaraglia, parodió su labor en otro gran filme (Relatos salvajes) para vender un complejo vitamínico que le permitía tener energía de la mañana a la noche.

Desde el “Nueve de cada diez estrellas usan jabón Lux”, o desde el “¡Shock!” de Susana Giménez, la publicidad ha sido un recurso válido para que los actores (esas caras conocidas que generan confianza o empatía en el consumidor) pudieran incrementar sus ingresos. También, en algunos casos, les sirve para no perder popularidad y seguir estando presentes en los hogares. Ahora, resulta llamativa la cantidad que hay hoy en pantalla. Sería imposible juntarlos para una tira o para una telenovela.

Más allá del tono irónico en la enumeración (y las cuestiones de dinero, porque ninguno de ellos debe resultar barato para las marcas), lo que describimos aquí arriba son actores poniendo su cara y su prestigio para “vender” un producto. En ninguno de estos casos se trató de una publicidad engañosa, impulsada desde las redes sociales, sobre un supuesto romance entre la rubia bonita y el chico feo. Un paso en falso para Candela Ruggeri, Rodrigo Noya y la empresa de desodorantes que los contrató. Por más que el slogan sea “Vos tenés lo tuyo” y por más explicaciones pretendidamente bien intencionadas que hayan dado las partes, no siempre es válida esa máxima del espectáculo que reza “que hablen bien o mal, pero que hablen”. A veces es mejor reconocer el error.

Walter Domínguez

(Fuente: Clarin, 12/2/2017)

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